OPINIÓN

FRANCISCO ANGUITA (1) ¦ El País.  NOVIEMBRE, 2.012

¿Un país de espaldas a la ciencia?

En un mundo que cada vez necesita más ciencia y más tecnología, el hacer más analfabetos científicos es un atentado contra la ciudadanía

Esa parece ser la apuesta del actual Gobierno para nuestro futuro inmediato. Las pruebas, dos documentos presentados recientemente como gérmenes de un esquema de actuación y de un proyecto de ley: la Estrategia Española de Ciencia y Tecnología y de Innovación 2013-2020 (EECTI), y el Anteproyecto de Ley Orgánica de Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE). El primero apunta a la reestructuración de la investigación científica; el segundo, a la reforma de la Educación Secundaria.

La EECTI ha sido criticada con dureza por los representantes de 41 sociedades científicas españolas, para quienes se basa en una visión mercantilista de la ciencia, que, de llevarse a cabo, implicaría destruir el sistema público de investigación. Es decir, menos Estado y más empresa, aunque sea una tan enemiga de la investigación como lo ha sido tradicionalmente la española. Sin embargo, ninguna sorpresa: es lo que cabía esperar de un Gobierno conservador. El problema es que, como se justifica en el análisis que cito, esa reconversión liberal traerá la ruina a un sistema científico que, números cantan, estaba empezando a despuntar. En fin, todo sea por el Mercado.

Puesto que en el actual Gobierno no existe un ministerio dedicado a la ciencia, la EECTI ha sido formulada por el Ministerio de Economía y Competitividad (lo cual ahorra muchas explicaciones sobre el desaguisado); pero, ¿y en la enseñanza? ¿Qué le ha hecho la ciencia a José Ignacio Wert? Al fin y al cabo, incluso los políticos conservadores aceptan el papel que esta, como empresa de descubrimiento de la naturaleza y como palanca imprescindible del progreso de la sociedad, juega necesariamente en el mundo moderno. Por otra parte, y sin necesidad de hablar de Cajal o de Ochoa o del desierto que los rodeó en su tiempo, es poco discutible que el nuestro es un país que necesita más ciencia, y por ello más cultura científica. Es también evidente que algún esfuerzo se ha hecho en ese sentido, y probablemente la actual asignatura de primer curso de Bachillerato Ciencias para el mundo contemporáneo (la única materia científica común del actual Bachillerato, que queda suprimida en el anteproyecto de la LOMCE) sea la cristalización más clara de ese intento: un resumen de los maravillosos hallazgos y de las intrigantes fronteras de la ciencia moderna, además de una lista de los retos científicos de la sociedad actual. Pero lo revolucionario no es el contenido, sino los destinatarios: todos los bachilleres. Un intento de que ningún ciudadano sea un analfabeto científico; de que nadie atribuya a la religión (como hizo, memorablemente, la Reina de España no hace tanto tiempo) la explicación del origen del mundo y de la vida. De que todos sepan qué es el genoma, el Big Bang, un tsunami o la nanotecnología, por qué no se puede entender la vida sin Darwin, o por qué es imperativo que los automóviles dejen paso a los transportes colectivos. Los retos de la superpoblación, las amenazas para las generaciones futuras. Convivir con el planeta en lugar de saquearlo.

Vaya, se me escapó, debo confesarlo: creo que la ciencia no es neutral. Por el contrario, estoy convencido de que contiene una ideología. Mi mejor excusa es que no soy el primero en decirlo. El año pasado, Francisco Javier Martínez, arzobispo de Granada, lanzó en la Universidad San Pablo CEU una advertencia que ha sido muy citada: “Más peligrosa que Educación para la ciudadanía es Ciencias para el mundo contemporáneo, pues cada ciencia contiene una epistemología y una concepción del hombre y del saber”. Afortunadamente, añado. Pero el corolario es terrible: ¿Puede haber un mundo contemporáneo sin ciencia? ¿Qué haremos ante la próxima pandemia? ¿Procesiones de flagelantes? ¿Y si el nivel del mar sube por encima de un metro en este siglo? ¿Lo podremos arreglar con rogativas? Quizás, como dicen cada vez más voces, la sociedad actual ha tomado un camino equivocado e irreversible; pero, si hay alguna esperanza, es con más ciencia y más tecnología. En esta coyuntura, fabricar más analfabetos científicos es un auténtico atentado contra la ciudadanía.

Creo que, escribiendo esto, he conseguido entender  Wert: para él, la ciencia es una casandra, una acusica que nos dice que el famoso Mercado está arruinando este planeta, que nos lleva a un mundo sin futuro. Ya existían indicios de ello: en los centros de profesores, donde se actualizan los docentes de Educación Secundaria, los cursos sobre el Cambio Climático Global están proscritos en todas las comunidades autónomas donde gobierna el Partido Popular. Así que, desde el punto de vista de la sufrida enseñanza de la ciencia, la LOMCE acaba siendo un esfuerzo por matar al mensajero. Un esfuerzo inútil, quiero añadir: la ciencia se impondrá porque sin ciencia no podremos sobrevivir. Así que no lloro por ella: mis lágrimas van por las víctimas colaterales, esos bachilleres que seguirán cojeando, en un mundo cada vez más científico y tecnificado, con la única muleta de una de las dos famosas culturas.

(1) Francisco Anguita es profesor jubilado de la Facultad de Ciencias Geológicas de la Universidad Complutense

 

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